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"La caja de cartón"
16-12-10 16:19

Por Anne Connelly, proyecto de Médicos Sin Fronteras en Gadzi, República Centroafricana.

(Artículo publicado en El Mundo)

 

Pocos regalos hay que puedas hacer a un niño más excitantes que la caja de cartón que envuelve el propio regalo. Todavía me acuerdo de lo emocionados que estábamos cuando mi padre trajo a casa una enorme caja de embalaje de frigorífico: nuestra creatividad era el único límite a las posibilidades de juego que aquello ofrecía.

En Djomo, no hay juguetes que comprar. De hecho, incluso sería difícil encontrar una caja de cartón. Pero lo que he visto a lo largo de estos meses me alucina. Los niños son increíblemente creativos con los recursos que tienen. A ver, rápido: tienes dos latas, bambú y algunas chapas de cerveza... ¿qué serías capaz de inventar para tener entretenido a tu hijo durante todo el año que viene? Pues intenta apañar un vehículo con ejes que funcionen y con un volante a la altura de la cintura. ¿A que impresiona?

Vamos a intentarlo otra vez. Tienes la tapa de una olla y un clip... ¿No se te ocurre nada? Engancha el clip a un palo y úsalo para mantener la tapa en equilibrio y hacerla correr tan rápido como puedas. Está claro que estos juguetes no pasarían las pruebas de seguridad, pero las sonrisas que he visto aquí no podrían comprarse en ninguna tienda de juguetes de Canadá.

Como en la mayoría de países de todo el mundo, en República Centroafricana también les gusta el fútbol. Realmente es un deporte en el que no necesitas absolutamente nada para jugar y, en un sitio como Djomo, "absolutamente nada" es justo lo que tienen. Un par de palos largos convertidos en postes, y bolsas de plástico enrolladas, o incluso un pomelo, sirven de balón. Yo traje un Frisbee y los niños jugaron un rato con él por darme gusto, pero poco a poco se fueron yendo discretamente hacia el partido de fútbol que había montado mi compañero logista. Vale, lo he captado...

Los partidos son todo un acontecimiento en Djomo. Todo el pueblo se reúne en el campo de fútbol y los vendedores ambulantes ofrecen cacahuetes y pequeñas bolsas de licor de dátil. A mí no me gusta especialmente el fútbol, pero los partidos son una oportunidad genial para conocer la cultura local y pasar tiempo con los niños de aquí.

En Gontikiri, el primer día que me acerqué a un partido, me convertí para los niños en algo más interesante incluso que el propio fútbol. Formaron dos grandes grupos a mi alrededor, con la mirada fija sobre mí, pero teniendo cuidado de no obstaculizarme la vista del partido. Era casi como si una cuerda imaginaria los sostuviera, y ninguno se atrevía a acercarse a mí, pero tampoco me quitaban la vista de encima.

Por casualidad, un par de adolescentes empezaron a discutir, y como la disputa subía de tono, decidí que ya había tenido suficiente fútbol por ese día. Me daba pena dejar a los niños, pero cuando me iba, miré hacia atrás y vi que a ellos también les había dado pena que me fuera, y que me seguían en fila india hasta la casa. "Bonjour! Ça va?" ("Hola, ¿todo bien?"), me gritaron al darme la vuelta. "Oui...ça va très bien" ("Sí, muy bien"), respondí sonriéndoles. Les estreché la mano a todos y me prometí que volvería a ver el partido la semana siguiente, no sólo por divertirme yo, sino por el entretenimiento que suponía para los niños.

¿Quién necesita una caja de cartón, teniendo un 'guiri'?

 

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